Sentado en el fondo de la taberna, se encontraba solo, como casi siempre.
La rutina había generado hacia él ese sentimiento social que oscila entre el terror y la pena. Nadie, o casi nadie, se le acercaba. En aquel pueblo alejado, nadie recordaba desde cuando había estado allí, en la taberna, y nadie tampoco se animaba a preguntar. Nadie conocía su nombre o su historia. Todos sabían, sin embargo, que era un hombre desdichado.
En el pueblo pensaban, de todos modos, que la desdicha no era el peor de los sufrimientos. Al menos creían que no era peor que la espera, que tiene el poder de acabar con la ilusión, paralizando a la vez. La desdicha, en cambio, es un estado determinado, situado. Uno puede reconocerse en la tristeza e incluso vivir allí.
El pueblo asumió que el hombre vivía triste y que eso generaba su ceño fruncido y su gesto iracundo, como si la ira siempre emanara del manantial de la congoja.
Las preguntas eran demasiadas y al carecer de respuestas, los rumores comenzaron a proliferar. Algunos decían que supo ser un príncipe que, ante el desamor de su prometida, se refugió para siempre en el rincón de un oscuro bar. Otros afirmaban que era un prófugo de un reino lejano, y que sus crímenes fueron tan terribles que se transformó en un huraño bebedor de un pueblo perdido, para ahogar sus penas y no ser nunca encontrado. Las historias brotaban por las callejuelas del pueblo, que tampoco tenía demasiado con que entretenerse en aquellos olvidados tiempos.
Un buen día, una presencia alteró la monotonía de aquel remoto pueblo. Arribó a la aldea un juglar, de esos que pasan una vez por lustro, a ganarse la vida con sus cuentos, poemas y rimas. No tardó mucho en llegar a sus oídos la historia del hombre desdichado y tampoco tardó mucho en disponerse a hacer aquello que nadie jamás se había atrevido.
Cada noche el pueblo se reunía alrededor del bar para escuchar las rimas y los cuentos del juglar, que describía, al principio sutilmente, relatos inventados acerca del desdichado del pueblo. Noche tras noche los relatos se sucedían, y si al comienzo fueron tímidos, poco a poco empezaron a ganar confianza, y a enumerar detalles biográficos que, si bien eran incomprobables, envolvían al protagonista en un halo de majestuosidad y horror. El desdichado escuchaba, o quizás no, aquellos cuentos insólitos y maravillosos que lograban entretener al pueblo, que aumentaba su excitación al ritmo de la gravedad fantasiosa de los relatos del juglar. El poeta, siempre con sutileza, comenzó a incorporar a aquellas historias inventadas la inclusión de un acto de arrojo que él mismo realizaría, acabando con aquel misterio. El pueblo se reunía, no ya para escuchar las historias, si no para presenciar el acto preanunciado con tanta pompa por el juglar durante tantas noches de aburrimiento.
Nadie pudo precisar con exactitud cuánto tiempo transcurrió, pero lo cierto es que el pueblo, que noche a noche se reunía alrededor del poeta esperando la fatalidad de lo anunciado, poco a poco dejó de recordar aquel asunto. La noche final se resistía a llegar…
Algunos cuentan, sin embargo, que todo formaba parte de un plan. Que el juglar esperó pacientemente a que el pueblo se olvidara de él y aguardó una noche tormentosa para probar su bravura. El bar, para cuando llegó ese día, se encontraba semi vacío. El hombre desdichado se encontraba, como siempre, en el mismo rincón. El juglar, fingiendo valentía, se acercó a la mesa y se sentó frente a él. El otro no atinó a reaccionar, y siguió bebiendo como si nada. El poeta estaba dispuesto a iniciar un diálogo, aunque una fuerza extraña intempestivamente lo detuvo. Repetidas veces intentó accionar sus cuerdas vocales, pero una y otra vez el suceso mágico se repetía: algo impedía que la voz tomara cuerpo, una energía misteriosa no permitía la comunicación verbal. Extenuado ante tal impedimento, tomó la sabia y única decisión posible: se dedicó a mirarlo toda la noche, sin moverse. Se perdió en el fondo de sus negros ojos, que nunca lo miraron. Creyó o imagino creer, que comprendió su desdicha. Existen muchas formas de la tristeza, pero es dificil determinar cuál es la peor. El juglar comprendió, aunque no de manera inmediata, que no se trataba de un hombre violento. Tampoco poseía un carácter pacífico o templado. La desdicha había tomado el alma del poeta, la desdicha se había hecho zahir. Este, simplemente se entregó a su suerte, tomó la decisión de aceptar su destino. No solo los héroes aceptan su destino, los desdichados de vez en cuando también lo hacen.
Existe mucha más heroicidad en aceptar un destino de tristeza que uno de gloria. El juglar, que se ganaba la vida con las palabras, por primera vez en su vida no pudo hablar. Se dedicó a entender y a sentir. Comprendió que el hombre triste no era un individuo. Comprendió que ese hombre triste era todos los hombres tristes del mundo.
Creyó entender el propósito de su pesar; no supo jamás el motivo de su tristeza, pero sí su propósito.
El hombre en cuestión se había impuesto un plan, uno mucho más audaz que el del juglar. Su objetivo era inconmensurable e imposible a la vez: había querido concentrar toda la tristeza del mundo. Pensaba, o más bien dicho, el juglar creyó que el hombre pensaba, que si concentraba la desdicha del mundo podía liberar de la misma a muchos desdichados. Que la tristeza no era infinita, ya que el ser humano tampoco es infinito. Que existía una cantidad limitada de tristeza para sentir y que él podía al menos liberar a algunos infelices. El juglar, que también era un desdichado -solo que lo ocultaba siendo juglar- sintió que su vida era una farsa. Pensaba, de todos modos, que su profesión era digna, pero entendió súbitamente que la dignidad no está en las razones de los actos, si no en los propósitos. Y él, a diferencia del hombre del bar, carecía de propósito.
Decidió entonces hacer lo que cualquiera hubiera hecho en su lugar. No le costó accionar, una vez que entendió que por eso mismo había llegado al pueblo. El motivo y el propósito se fusionaron, se hicieron uno y ambos se convirtieron en destino. El juglar se paró súbitamente y tocó el hombro del hombre sin dicha, liberándolo de su encanto. Este, aun sin mirarlo, se levantó de su silla, salió caminando por el medio del desierto bar, abrió la puerta y se fue para siempre. El juglar no se transformó en el hombre triste, porque siempre fueron la misma persona. A veces, para reconocer la tristeza propia, no hace falta más que perderse en el fondo de un par de ojos negros, en la esquina de un remoto bar.
