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El fútbol como mercancía · Revista Rebusque
Sociedad

El fútbol como mercancía

Crónica de una transformación en el capitalismo hipermoderno.

Por Nicolás Goscilo · Sociedad · Septiembre 2026 · Revista Rebusque

Todo comenzó en Estados Unidos en 1994. Para quienes crecimos con el fútbol de antes, era extraño ver jugar un mundial en aquellas tierras alejadas de la cultura futbolística tradicional. Los mundiales se jugaban en países donde el fútbol tenía raíces fuertes, lo cual tenía un sentido social y uno económico. Había cierto sentimiento de pertenencia en ver mundiales solo en el continente europeo o americano, ya que ambas culturas son las que hegemonizaron el fútbol durante el siglo XX. Los europeos lo crearon, los sudamericanos lo mejoraron. En esos países se veía y consumía fútbol, con lo cual la lógica económica de aquella fase del capitalismo, un capitalismo industrial que era menos globalizado que el actual y más localizado, hundía sus raíces en la territorialización del negocio: organizarlo y venderlo en los países donde se situaban sus principales consumidores.

El mundial de 1994 vino a romper con esa tradición. Si bien en términos geográficos Estados Unidos es parte de América, en términos culturales no lo es. No hace falta enumerar las diferencias lingüísticas, políticas y socioeconómicas entre Estados Unidos y todo lo que está al sur de su frontera, desde México a Argentina. Se percibía como una anomalía que ese país organizara un mundial, pero a los futboleros nos suele importar menos la geopolítica que la pasión por el fútbol. Ese mundial, además, fue el primero donde operó uno de los cambios fundamentales que iba a modificar la dinámica del fútbol, que estaba en pleno proceso de modernización. La regla, que fue bien tomada por la cultura futbolera, impedía al arquero tomar con las manos la pelota al recibirla de un compañero. La idea era proveer más dinamismo al juego, y evitar especulaciones de pérdida de tiempo del equipo que iba en ventaja. El último gran torneo antes de imponer la nueva regla fue la Eurocopa de 1992, aquel famoso campeonato ganado por un ignoto equipo danés que no había clasificado y que estaba de vacaciones, pero debido a las reglas del capitalismo global de aquella época recibió el premio de jugar en reemplazo de Yugoslavia castigada por la UEFA debido a la Guerra de los Balcanes. El primer torneo en que se aplicó la nueva regla fueron los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, torneo ganado por España. No todos los cambios son para mal, pensará algún nostálgico que suele aborrecer los cambios, si bien todo tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, la regla fue bien acogida e incluso existió y existe cierto consenso en que el fútbol cambió para bien.

Pero algo más grande se estaba gestando por aquellos tiempos. El 4 de julio de 1988, en Zurich, Suiza, la FIFA escogía a Estados Unidos como país anfitrión para el mundial 1994. El país más poderoso del mundo había ingresado al concierto global del deporte más importante del mundo. La hegemonía económica y cultural más importante del globo, poco antes del fin de la Guerra Fría y del mundo bipolar, se preparaba para hacer gala de su nueva hegemonía en solitario. Si el fútbol era masivo, si la FIFA era una empresa que generaba ganancias millonarias, si el fútbol era un gran negocio, Estados Unidos no podía quedarse afuera. El mundial de 1994 fue solamente el puntapié inicial.

Los nostálgicos de aquella época no sin razón nos emocionamos con el mundial de 1990, con aquella epopeya maradoniana en tierras italianas. Y el recuerdo amargo de una final perdida no es tan amargo, porque nos traslada a un tiempo donde todo era mejor, aunque los científicos del fútbol nos digan que se trató del peor mundial de la historia. El último mundial, como dicen otros, cedió su paso al primer mundial de la era hipermoderna. Un fútbol jugado en estadios que no eran de fútbol, arcos que se desarmaban y armaban como un decorado teatral, un público ajeno a la cultura del fútbol que perdía la paciencia ante la ausencia de anotaciones permanentes, como sucede en sus deportes favoritos: el baseball, el fútbol americano y el básquet. El fútbol siempre fue un negocio, pero la nueva fase del capitalismo del fin del mundo bipolar, con una hegemonía poderosa sin contrapesos a la vista, empezaba a operar de manera fuerte. No se trató de ninguna conspiración, sino del devenir característico del sistema capitalista, que tiene la increíble cualidad de absorber todo lo que toca, de integrarlo todo a su estructura.

La abducción del fútbol había comenzado. Se fueron sucediendo los mundiales, pasó Francia 1998 y llegó Corea - Japón 2002. El primer mundial jugado en Asia, el capitalismo asiático aparecía por primera vez en el escenario futbolístico mundial. Partidos de madrugada, un público apasionado pero ajeno a la cultura tradicional del fútbol, nada grave. Sonaba incluso a democratización de la oferta futbolera, hasta parecía haber cierta justicia en que la débil pero siempre presente en mundiales Corea del Sur organizara un mundial, junto a la emergente Japón, que en 1998 había jugado su primer mundial, si bien había aportado más a la cultura del fútbol desde el legendario animé Supercampeones que desde las canchas reales. Retornado a Europa en 2006 (el mundial que los argentinos recordamos por la peor sustitución en cancha de la historia del fútbol), el 2010 dio paso a la irrupción del país más occidental de África. El primer mundial estadounidense, el primer mundial asiatico y el primer mundial africano, los tres de la mano de un fútbol cada vez más integrado a la última fase del capitalismo, un capitalismo que poco a poco iba transformando el fútbol, masificándolo, globalizándolo, expandiéndolo. A la par de las nuevas tecnologías, de las nuevas coberturas mediáticas, del achicamiento del mundo y las distancias, el capitalismo globalizador traía vuvuzelas, antes de retornar en 2014 a la América futbolera después de casi 30 años. Allí aconteció el segundo partido más inesperado de la historia (el primero había acontecido en las mismas tierras, 64 años antes), la peor goleada recibida por el país futbolísticamente más virtuoso, con el agravante de haber sido el anfitrión (no todo es culpa del capitalismo). Y llegó Rusia 2018, el conejillo de indias, el laboratorio de lo que vivimos hoy. El capitalismo futbolístico llegó al ex enemigo del hegemón occidental, reconvertido en país benévolo.

El capitalismo no es solamente un proyecto económico basado en la explotación o un proyecto social basado en la desigualdad, es también, y por sobre todo, un proyecto cultural. Este, en su fase hipermoderna tiende a reproducir formas, modos, dinámicas, tecnologías y consumos emanados del propio sistema con cada vez mayor rapidez. Un sistema que crea cultura, la reproduce y como un virus invade todo lo que toca, sin pedir permiso. El capital en esta fase es financiero, fluido, la cultura es líquida, y el fútbol como hecho cultural -quizás el hecho cultural más importante del siglo XX- no podía eludir los tentáculos del capitalismo financiero globalizado. Poco a poco, la cultura del hegemón fue inmiscuyéndose en las esferas dirigenciales y organizativas del fútbol. Un deporte caracterizado por su fluidez, por su espontaneidad, por su belleza intuitiva, fue ingresando al terreno de la eficiencia, de la tecnología, del GPS, del hiper entrenamiento, del tacticismo extremo, de la medición.

El fútbol mensurado, planificado, serializado, que genera no ya individuos-deportistas si no deportistas-productos. Y los productos existen para ser vendidos. No existe conspiración, es la ontología del capital.

Al mismo tiempo, la cultura tecnológica de los deportes estadounidenses fueron invadiendo el fútbol de manera progresiva. El epítome de esto es la aparición del VAR. Si el fútbol posee una esencia, un alma, este quizás sea lo contrario al uso abusivo de la tecnología.

El hecho sagrado del fútbol, el momento único e irrepetible por el cual todo futbolero vive es sin dudas el grito de gol. Este momento fue afectado en su centro, en su corazón, en su belleza. Llegará un día en que el último humano que celebró un gol analógico no exista más, y solo quedarán recuerdos y relatos de aquel mundo lejano donde se gritaban los goles sin la validación de una máquina.

Como aquellos relatos de viajes que narraban aquellos mundos que desaparecieron, que el capitalismo también destruyó, integrándolos a su sistema todopoderoso de absorción. Los burócratas del fútbol en la fase hipermoderna del capitalismo global cambiaron su esencia para siempre. Esta es la mayor tragedia del fútbol: la muerte del grito de gol.

Y el mundial volvió a Asia, esta vez al país emblema del capital financiero, global y cosmopolita. Qatar fue testigo de la coronación de Argentina, y poco nos importó que el fútbol ya no fuera lo que fue, porque incluso la selección nacional exhibió un estilo que aún nos identificaba. El ciclo se cierra donde comenzó el proceso, en Estados Unidos, 32 años después. El país del norte ve coronar su proyecto, que no es el proyecto conspirativo de una potencia mundial, si no el devenir histórico del capitalismo hipermoderno liderado por su hegemón. En este período de tiempo cambió el reglamento, el arquero ya no puede recibir de un defensor, ya no existe la picardía de meter un gol con la mano o inventar un penal, el grito de gol quedó ahogado a la espera del peaje tecnológico del VAR, los jugadores se convirtieron en productos homogeneizados que corren muchos kilómetros controlados por un GPS que mide su rendimiento físico. Los equipos se mimetizan y juegan de manera similar, intentando construir juego desde el arco propio al rival, sin importar momentos del partidos, cualidades técnicas, o quien es el rival que está enfrente. El capitalismo financiero, a través de su potencia principal absorbió el fútbol, lo transformó, lo abdujo, lo serializó.

Sin embargo, el ciclo se cierra en momentos donde China amenaza el liderazgo mundial del país del norte. La nueva potencia tiene una estructura económica avasallante, un sistema social diferente, y un modelo económico híbrido, que integra capitalismo tecnológico con formas organizativas estatistas y de planificación centralizada. Aún no son el líder indiscutido del mundo, aunque van camino a ello. Aún no se interesan por el fútbol, todavía el proyecto cultural chino no influencia la cultura futbolera, así como hasta 1994 Estados Unidos tampoco parecía estar asociado a ella. La certeza de que China reemplazará a Estados Unidos como hegemón del sistema mundial tiene cada vez más adeptos. Si esto finalmente sucede, el modelo de hibridez china, ¿tendrá las mismas características aglutinantes y absorbentes que el capitalismo hipermoderno financiero? ¿Seremos testigos de cambios en la cultura del fútbol así como fuimos testigos de la estadounidización del mismo? Es prematuro afirmarlo en estos tiempos de culminación del proyecto capitalista hipermoderno en el fútbol, donde incluso el partido ya se divide en cuatro cuartos como en el básquet de la NBA, con publicidades en medio para no olvidarnos que el fútbol es un deporte cuya finalidad no es más la belleza, la competencia y la espontaneidad, sino vender productos consumidos por las estrellas de Hollywood.

Aún así, incluso con VAR, cooling break y GPS, el fútbol sobrevive. Los burócratas financieros todavía no son capaces de arruinarnos la felicidad de un mundial, por más intentos que hagan por transformarlo en un producto estandarizado de circulación global, atentando contra su esencia. Al menos por ahora…