Un estadista. Un discurso impecable, plagado de datos certeros, un programa claro de país y un apego denodado por las instituciones. El presidente del país, en una noche impecable para la democracia argentina, abrió las sesiones parlamentarias del año 2026. Enfocado, con tono serio y claro, haciendo gala de una oratoria fluida, rindió tributo a la investidura presidencial. La jornada transcurrió con tranquilidad, el presidente hizo uso de la palabra sin trenzarse en riñas con la oposición, y destacó los ejes principales de la gestión de sus primeros años de gobierno y de lo que queda del mismo. En materia económica, destacó los logros de la gestión, con una economía creciente, con la desocupación bajando, la actividad creciendo y el nivel de vida mejorando. En materia de seguridad, destacó el accionar de la ministra Bullrich, y la merma de la protesta social en un clima de pacifismo social. Destacó, asimismo, las bondades de la importación de bienes y servicios, y cómo los salarios continúan aumentando en medio de un descenso sostenido de los precios. Destacó su programa de gobierno basado en la moral, mientras tranquilamente recitaba su discurso dando cuenta del cambio sostenido que vive el país de mano de su liderazgo y su apego al libre mercado.
Supongamos por un momento que esto fue lo que sucedió. O mejor, supongamos lo contrario, que nada de esto ocurrió. Supongamos que el presidente realizó una apertura vergonzosa, agresiva, prepotente, expresando un discurso plagado de inexactitudes y datos falsos o manipulados. Que se la pasó discutiendo a los gritos con la oposición, que los insultó de manera vergonzante atentando contra la investidura presidencial.
Pensemos ahora que la realidad transcurrió en algún lugar en medio de los dos extremos. La pregunta acerca del discurso es si este aún importa. Es la pregunta sobre el discurso, entendido como materia textual de una realidad concreta. Si realmente importa, ¿a alguien le importa? ¿A quiénes? A los medios de comunicación, a los empresarios, ¿a la gente común? ¿Alguien en Argentina va a comer más o menos al día siguiente por el discurso del presidente?
La palabra, el discurso, ha perdido valor en términos de transmisor de verdad, o al menos de búsqueda de verdad, si consideramos que la misma es inasequible. La pregunta es acerca del efecto de lo que se comunica, no acerca de la veracidad de lo dicho. ¿Si todo el discurso del presidente fuera cierto, eso afectaría su programa de gobierno? ¿Y si fuera mentira? La palabra se ha transformado en el gran invisibilzador de las condiciones materiales, en un fetiche del significante. Si bien el carácter ocultador de los significantes es una condición de su funcionalidad, en este caso fetichiza algo más, algo distinto.
La palabra, el discurso, ha perdido valor en términos de transmisor de verdad, o al menos de búsqueda de verdad. En la era de la posverdad, donde no importa si el dato es verdadero o falso, sino sus potenciales efectos en diferentes auditorios, la pregunta es entonces acerca de qué efectos se buscan. Se puede decir cualquier cosa, con cualquier gramática, con cualquier contenido, siempre que genere el efecto deseado.
Y estos efectos buscados no necesariamente son intencionales, premeditados, pensados. La práctica de la comunicación por efecto se produce muchas veces de manera intuitiva, con resultados quizás igual de efectivos. Se aleja de la conspiración medida para acercarse al derrotero natural de la cultura de la posverdad, donde el nivel de confusión es tal que no necesita siquiera de certeros enunciados mentirosos.
¿Pero, cual es ese efecto? Milei es la expresión más cabal de la comunicación por efecto, es quizás un caso puro de aquel que dice cualquier cosa que le escriben, de manera agresiva, vergonzante, aunque podría decirlo de manera tranquila, suave, pacífica. En este sentido, más allá de la vergüenza o no que pueda producir, da lo mismo. Da igual la forma, y el contenido solo adquiere su valor en términos no de veracidad, ni de búsqueda de la misma, si no en su carácter de ocultador. ¿Ocultar qué? ¿Ocultar la realidad? ¿Ocultar la verdad? Ocultar es un fin en si mismo, ocultar su programa de gobierno. ¿Pero cambiaría algo si su programa de gobierno fuera expuesto de manera cruda? ¿A alguien le importaría? ¿Qué poder tienen hoy las palabras? Estamos en la era de la pos comunicación, el discurso del presidente será visto, oído y consumido cien o mil veces más en diferido que en vivo y en directo, con recortes, ediciones, introducciones, modificaciones, tergiversaciones y musicalizaciones.
El significante se duplica, triplica, cuatriplica, se eterniza: asistimos a la eternización del significante. No importa lo que se dice ni cómo se dice, importa el espacio que ocupa, importa lo que oculta, importa lo que fetichiza. En la economía de las vistas, de los likes y de la viralización, el discurso ya no necesita convencer: necesita circular
¿Pero con que fines? ¿Es una conspiración de gobierno, con miles de bots pagos para reproducir ad infinitum un discurso que busque imponer un sentido? No lo sabemos, pero hay algo mucho más grave y certero que ocurre, que es la replicación del significante no como conspiración dirigida, si no como reproducción del propio sistema de comunicación cultural de la actualidad.
Entonces, ¿cómo se lucha contra un discurso que está fabricado, consciente o inconscientemente, para ocultar? Aquí la respuesta, paradójicamente, pareciera estar por muchos del lado del discurso. Explicar más, explicar mejor, hacer docencia. Esto tiene muchos problemas, desde la cuestión filosófica de la detentación y posesión de la verdad pero principalmente de los efectos que produce. Los discursos que responden solo retroalimentan el fetiche. Disputan un sentido que ya no importa, porque lo que importa es lo que ese sentido oculta, no lo que el sentido quiere imponer textualmente. La lucha por el discurso no es más por la verdad, porque la verdad ya no interesa. La verdad importa en nichos que no mueven el amperímetro. La lucha contra el discurso dominante no puede ser discursiva. Cambió la forma de reproducción de los discursos, cambió la red de semiosis social, nadie la puede detener. Las palabras solo ocultan, no dicen. O lo que dicen no importa, porque está cada vez mas desconectado de lo real, o en todo caso esa conexión también cambió. Pareciera que el discurso es solo un adorno, mas o menos certero de lo real. En definitiva, ni el peor o el mejor de los discursos opera sobre lo real. Lo que opera sobre lo real son los programas de gobierno, las políticas públicas, las políticas privadas. Como siempre, la ideología tiene su límite en la afectación de las condiciones materiales de existencia. Los ciclos de la historia ponen presidentes excéntricos, a veces de derecha, a veces de izquierda, a veces mas o menos virtuosos. Parece ser un tiempo de los presidentes excéntricos de derecha, pero ese tiempo también pasará, ese ciclo, mas temprano que tarde, también terminará. La cuestión será, cuando termine, y la oportunidad sea de gobiernos que se autodenominan o autoperciben populares o progresistas si serán capaces de modificar las desigualdades y de mejorar las condiciones materiales. Si esto se realiza, pareciera que no lo logrará con discursos, por más verídicos que estos sean o pretendan ser. Será con programas de gobierno que interpelen mayorías, no con discursos, por más bellos o verídicos que sean. La palabra como la conocíamos murió, y habrá que adecuarse a los nuevos tiempos.
