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La nueva aristocracia de Silicon Valley · Revista Rebusque
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La nueva aristocracia de Silicon Valley

La transformación de las élites estadounidenses y la disputa por el poder entre Washington y Silicon Valley.

Por Gustavo Vera · Internacionales · Septiembre 2026 · Revista Rebusque

La nueva aristocracia de Silicon Valley

Durante buena parte del siglo XX, las élites estadounidenses podían reconocerse por una serie de lugares, instituciones y apellidos que se repetían con una persistencia casi familiar. Harvard, Yale y Princeton eran algunas de las puertas de entrada; Wall Street, los grandes estudios jurídicos, las corporaciones, Washington y el complejo militar-industrial constituían el territorio donde esos hombres terminaban encontrándose. No hacía falta imaginar una conspiración para explicar su influencia: bastaba observar quiénes estudiaban juntos, quiénes se casaban entre sí, quiénes compartían directorios, quiénes pasaban del sector privado al gobierno y quiénes, después de ocupar un cargo público, regresaban a las empresas o los grandes estudios desde donde habían comenzado su carrera.

C. Wright Mills describió esa estructura en 1956, en The Power Elite, cuando sostuvo que el poder estadounidense se había concentrado alrededor de tres grandes instituciones: la economía, la política y las Fuerzas Armadas. Para Mills, la cuestión no era descubrir una organización secreta que controlara el país, sino observar la circulación de personas entre esas instituciones y la formación de una clase dirigente cuyos miembros compartían educación, relaciones, intereses y una determinada concepción del mundo. La élite norteamericana podía cambiar de nombre, de partido o de cargo, pero conservaba una extraordinaria capacidad para reproducirse a sí misma.

Setenta años después, aquella estructura no desapareció, pero algo fundamental comenzó a cambiar dentro de ella.

Los nuevos multimillonarios tecnológicos no llegaron desde afuera de las universidades de élite. En muchos casos, llegaron exactamente desde allí. Mark Zuckerberg pasó por Harvard; Jeff Bezos estudió en Princeton; Elon Musk estudió en la Universidad de Pensilvania; Peter Thiel y otros protagonistas de la nueva derecha tecnológica pasaron por Stanford; numerosos empresarios de Silicon Valley circularon por las principales instituciones universitarias estadounidenses. No estamos, por lo tanto, frente a una rebelión de muchachos ajenos al establishment que un día descubrieron Internet y construyeron fortunas desde un garaje.

Lo que ocurrió es que una parte de la propia élite educativa estadounidense encontró, en la revolución tecnológica, una fuente de acumulación de riqueza mucho mayor que la que ofrecían los caminos tradicionales. Las mismas universidades que durante décadas habían formado abogados, banqueros, diplomáticos y funcionarios comenzaron también a formar a quienes construirían Google, Facebook, Amazon, PayPal, Tesla y las nuevas compañías de inteligencia artificial. La diferencia no estaba tanto en el origen social o educativo como en el lugar donde esos hombres fueron capaces de construir su fortuna y, posteriormente, en el modo en que decidieron utilizarla.

El viejo establishment podía tener acceso a las instituciones más importantes del país, pero los nuevos multimillonarios comenzaron a acumular algo que esas instituciones no podían producir por sí mismas: cantidades extraordinarias de capital y el control de empresas que se transformaron en infraestructuras fundamentales de la vida norteamericana. Amazon dejó de ser simplemente una compañía de comercio electrónico para convertirse en una gigantesca red logística y tecnológica; Google pasó a ocupar una posición central en la circulación mundial de información; Meta construyó algunas de las plataformas de comunicación más importantes del planeta; SpaceX convirtió el acceso al espacio en un negocio estratégico y, con Starlink, entró directamente en el terreno de las comunicaciones; mientras que compañías como Palantir comenzaron a ocupar un lugar cada vez más importante en la relación entre tecnología, inteligencia y defensa.

La novedad, entonces, no es que aparecieran ricos. Estados Unidos siempre produjo ricos. La novedad es que algunos de esos nuevos ricos comenzaron a controlar infraestructuras sobre las cuales otros poderes necesitan apoyarse.

Un Rockefeller podía tener una fortuna gigantesca y una influencia política considerable, pero no poseía una plataforma desde la cual millones de personas recibieran información todos los días. Un banquero podía tener una enorme capacidad para financiar empresas y gobiernos, pero no podía desplegar una red de satélites que modificara las comunicaciones de un país entero. Un magnate de los medios podía controlar diarios, revistas o canales de televisión, pero no podía combinar en una misma empresa información, publicidad, algoritmos, datos personales y comunicación directa con cientos de millones de usuarios. Los nuevos magnates tecnológicos sí pueden hacerlo.

Y ahí aparece una transformación de enorme importancia política: la riqueza comienza a estar acompañada por una capacidad de intervención directa sobre la infraestructura social.

Por eso Elon Musk resulta mucho más importante para comprender este proceso que su propia fortuna. Musk no solamente posee empresas; posee empresas situadas en sectores estratégicos, controla una red social global y construyó una relación directa con una parte del electorado estadounidense que ningún empresario tradicional había tenido. Cuando compró Twitter y la convirtió en X, no adquirió simplemente una compañía de medios: adquirió una plaza pública de dimensiones planetarias y decidió utilizarla políticamente.

Su posterior alianza con Donald Trump terminó de hacer visible una transformación que ya venía produciéndose dentro de Silicon Valley. Durante años, una parte considerable de la industria tecnológica había mantenido una relación estrecha con el Partido Demócrata, tanto por razones culturales como por la composición ideológica de buena parte de sus cuadros. Pero la relación comenzó a quebrarse alrededor de cuestiones como la regulación, la inmigración, la libertad de expresión y la inteligencia artificial.

La elección de Trump en 2024 aceleró esa ruptura y convirtió a Silicon Valley en un actor político mucho más visible. Musk fue el caso extremo, pero no el único. Peter Thiel ya había respaldado a Trump desde 2016 y había comenzado mucho antes a construir una red política propia. Marc Andreessen y otros inversores se acercaron al nuevo gobierno, mientras una generación de empresarios, inversores y jóvenes dirigentes comenzó a ocupar espacios que tradicionalmente habían pertenecido a abogados, diplomáticos y funcionarios formados en Washington.

El caso de J. D. Vance permite observar mejor esta transformación porque muestra que la nueva élite tecnológica no quiere limitarse a financiar políticos ajenos a su mundo. Quiere formar políticos propios.

Vance estuvo vinculado a Peter Thiel antes de convertirse en una figura nacional y recibió de él un apoyo financiero y político decisivo para construir su carrera. La relación resulta significativa porque Thiel no estaba simplemente apostando por un candidato: estaba ayudando a construir una generación política que compartiera determinadas ideas sobre el Estado, la tecnología, la globalización y el futuro de Estados Unidos. Cuando Vance llegó a la vicepresidencia, una red que había comenzado en el mundo de Silicon Valley pasó a ocupar una posición central dentro del gobierno norteamericano.

Esto permite ver algo que muchas veces se pierde cuando se habla de los “nuevos ricos” de Silicon Valley: no son una clase ajena a las viejas élites, sino una nueva fracción de una misma clase dirigente que aprendió a acumular poder de otra manera.

El dato universitario resulta fundamental para entenderlo. Harvard, Yale, Princeton y Stanford no desaparecieron con Silicon Valley; por el contrario, buena parte de Silicon Valley pasó por ellas. Lo que cambió fue el destino de quienes salían de esas instituciones. Algunos siguieron el camino tradicional hacia Wall Street, los grandes estudios jurídicos, el Departamento de Estado o la política; otros encontraron en la revolución tecnológica una vía mucho más rápida para convertir su capital educativo y sus contactos en fortunas gigantescas. La universidad, entonces, no dejó de ser una fábrica de élites. Cambió el tipo de élite que podía producir.

Y esto plantea una cuestión todavía más interesante: ¿qué ocurre con las antiguas élites cuando aparece una nueva fracción que comparte buena parte de su educación y sus códigos, pero dispone de una capacidad económica que puede superar ampliamente a la de muchas familias tradicionales?

La vieja élite conserva algo que los nuevos multimillonarios necesitan: instituciones, relaciones, experiencia política, acceso a los grandes centros de decisión y una red de legitimidad que no puede comprarse simplemente con dinero. Silicon Valley, por su parte, posee aquello que las viejas instituciones necesitan cada vez más: capital, tecnología, capacidad de innovación y empresas que resultan estratégicas para la economía y la seguridad estadounidense. Por eso la relación parece avanzar hacia una combinación incómoda de competencia y cooperación.

Wall Street necesita a Silicon Valley. Washington necesita a Silicon Valley. El Pentágono necesita cada vez más de las compañías de inteligencia artificial, datos, satélites y software militar. Las universidades necesitan las donaciones de los nuevos multimillonarios. Y los nuevos multimillonarios necesitan abogados, bancos, funcionarios, reguladores y políticos capaces de traducir su poder económico en poder institucional. Lo que se está formando, por lo tanto, no parece una sustitución de una élite por otra, sino una recomposición de la élite estadounidense.

El viejo establishment conserva las llaves de muchas de las instituciones que construyó durante el siglo XX, mientras los nuevos multimillonarios llegan con una cantidad de dinero y una capacidad tecnológica que les permite discutir esas reglas desde una posición mucho más fuerte que la que tuvieron las generaciones anteriores de empresarios. La vieja élite conserva el prestigio institucional; la nueva posee una capacidad extraordinaria para acumular riqueza y controlar sectores estratégicos.

En ese sentido, quizá la mejor manera de entender la actual relación entre Washington y Silicon Valley no sea hablar de una invasión de los nuevos ricos, sino de una disputa por el lugar que ocupará cada uno dentro del nuevo orden estadounidense.

El viejo establishment no puede ignorar a los nuevos magnates porque necesita sus empresas. Los nuevos magnates tampoco pueden prescindir del establishment porque necesitan las instituciones que regulan, financian y protegen los mercados donde se juega su futuro. Y mientras ambos mundos negocian, compiten y se incorporan mutuamente, aparece una generación política que ya no tiene la misma relación con las instituciones tradicionales que tuvo la clase dirigente del siglo XX.

La diferencia quizás pueda resumirse de una manera bastante sencilla: la vieja élite aprendió a gobernar las instituciones; la nueva aprendió a construir cosas que las instituciones necesitan. Eso modifica la relación de fuerzas.

Porque una cosa es tener influencia sobre el gobierno y otra muy diferente es lograr que el gobierno dependa de aquello que uno controla. Cuando la inteligencia artificial, las redes de comunicación, los satélites, los datos, la computación y las nuevas tecnologías militares pasan a ser cuestiones de seguridad nacional, los empresarios que controlan esas herramientas dejan de ser solamente empresarios. Se convierten en interlocutores del Estado.

Y allí aparece el verdadero interrogante para los próximos años. No parece probable que Harvard, Yale, Wall Street, Washington y las viejas familias de la Costa Este desaparezcan. Tampoco parece probable que Musk, Thiel, Bezos, Zuckerberg y el resto de los nuevos magnates tecnológicos acepten ocupar simplemente el lugar de empresarios ricos que financian campañas y reciben invitaciones a la Casa Blanca. Lo que está en juego es algo más profundo: qué tipo de élite va a dirigir Estados Unidos durante las próximas décadas.

Puede que la respuesta no sea una victoria de Silicon Valley sobre la vieja aristocracia, ni tampoco una recuperación del poder por parte del establishment tradicional. Puede ser algo más parecido a una fusión, en la que las viejas redes institucionales y las nuevas fortunas tecnológicas terminen formando una clase dirigente distinta de las dos que le dieron origen.

Si eso ocurre, el cambio habrá sido mucho más profundo que la aparición de algunos nuevos multimillonarios. Estados Unidos habría pasado de una élite que concentraba su poder alrededor de las instituciones a una élite capaz de combinar instituciones, capital y tecnología en una escala desconocida hasta ahora.

Y quizás esa sea la verdadera transformación política de la época: no el reemplazo de la vieja élite por una nueva, sino la aparición de una nueva aristocracia que salió de las mismas universidades, aprendió las mismas reglas y, sin embargo, terminó acumulando un poder económico y tecnológico que sus antiguos maestros nunca imaginaron que tendría.